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Categorías Sobre la identidad evangélica, ¿Qué significa ser evangélico? - por José M. Abreu

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Sobre la identidad evangélica
¿Qué significa ser evangélico?

Profesor José M. Abreu O
Cumaná, Estado Sucre, Venezuela

Al cumplir recientemente, 40 años de militancia evangélica, creo que es oportuno detenerme para reflexionar y meditar sobre lo que ha significado para mí aquella decisión que un día, un poco obscuramente, como viendo en un espejo, tomé de rodillas ente el altar del Señor. Tal vez, en las páginas que siguen, podrán encontrarse algunas claves que puedan servir para un examen personal y crítico.

Porque mi historia es la historia típica de la experiencia de millones de personas. Los fundamentos de nuestra experiencia evangélica son, primeramente el descubrimiento de la Biblia, y a través de ella el encuentro personal con Jesucristo, no sólo en el conocimiento del Jesús histórico de los Evangelios, sino el encuentro con el Jesús Resucitado, Señor de la Iglesia, y activa y eternamente presente en la historia, personal y cósmica.

El énfasis evangélico en la toma de una decisión personal intransferible. Nadie puede creer por mí, ni nadie puede tomar las decisiones que sólo me competen a mí. Mis decisiones tomadas aquí y ahora determinarán mi destino por toda la eternidad.

La primera clave para comprender la identidad del variado, diverso y complejo mundo del protestantismo latinoamericano es la plena consciencia que tenemos todos, independientemente de las diferencias organizacionales o denominacionales, de que nuestro ser más íntimo es "ser evangélico".

El evangelio es el suelo, el nutriente, en el cual hundimos nuestras raíces más profundas; de él brotan nuestras amistades, nuestras alegrías, nuestros conflictos, nuestras frustraciones, la memoria de nuestros muertos y las esperanzas de las futuras generaciones.

Siempre estaremos exigiendo, gritando si es preciso, que se nos respete nuestro carácter "evangélico". Y pedimos respetuosamente a los Obispos Católicos que no sigan refiriéndose a nosotros como sectas. Que cuando quieran decir algo sobre nosotros, para bien o para mal, digan simplemente las "Iglesias Evangélicas" o los "cristianos evangélicos". Que por favor, no sigan ignorando ni negándonos nuestra identidad. Porque somos simple y llanamente "cristianos evangélicos", sin distingos de los apellidos denominacionales que podamos tener. Las sectas son otra cosa.

Sin embargo, esta primera clave nos confronta con un primer problema: ¿Cómo definir "lo evangélico"? ¿Cuáles son sus rasgos distintivos?

Necesariamente tenemos que verlo en el contexto de la la historia, tanto de Europa como del descubrimiento, conquista y colonización del Nuevo Mundo. Sabemos que la iglesia católica, durante los tiempos de la Colonia, especialmente por intermedio de la Inquisición, desarrolló una política agresiva y represiva destinada a impedir la penetración en los territorios recién conquistados de cualquier idea que pudiera tener alguna connotación reformada o protestante.

Desde entonces, en toda Hispanoamérica, se creó una matriz de opinión pública,mediante un proceso de manipulación ideológica y la dominación de los medios de divulgación y comunicación, según la cual se el protestantismo fue virtualmente "satanizado".

Todo el protestantismo era presentando con los rasgos de: "herejía", "amenaza a la unidad y a la identidad nacional", como "extranjerizante", "anglosajón", "diabólico", etc. Eran consecuencias directas del proceso histórico del protestantismo europeo y del espíritu derivado del Concilio de Trento, en el cual se había condenado la Reforma luterana. De esta forma, la iglesia católica se garantizaba su control religioso hegemónico, y la sociedad hispanoamericana se concebía como una sociedad natural y culturalmente "católica".

Mediante esta operación ideológica se presentó al catolicismo como signo fundamental de la "identidad nacional", de modo que cualquiera que decidiera seguir una vía religiosa "heterodoxa", o distinta, era considerado como "malo", "mal hijo", "traidor a la patria", y así se justificaba toda clase de discriminaciones sociales y religiosas. La historia de la Colonia está llena de casos de persecusión y de violencia ejercida por la iglesia católica para impedir, por cualquier medio, la circulación de ideas heterodoxas.

Esto explica la tardía insertación del protestantismo en la mayoría de los países hispanoamericanos, la lenta y penosa presencia de las Iglesias de la Reforma. Desde entonces, se ha presentado a las iglesias evangélicas como extensiones de una penetración cultural extranjera. Este es el fundamento sobre el cual se ha desarrollado la identificación de las Iglesias Evangélicas con la palabra "Secta".

El resultado final de este proceso ideológico ha sido la elaboración de una teoría que los evangélicos hemos llamado "teoría de la conspiración", según la cual las iglesias evangélicas eran parte de un oculto y diabólico proyecto de "dominación cultural" anglosajón, que estaba respaldado por los poderes políticos y económicos de los E.U., y cuyos misioneros eran agentes de la CIA. Esta tesis de la conspiración fue luego explotada por los sectores marxistas y desde aquí pasó a ciertos niveles de la teología de la liberación. Esta tesis, con algunas varientes y matices, todavía se mantiene en algunos documentos de las Conferencias Episcopales.

Todavía hay algunos Obispos que siguen repitiendo y creyendo ingenuamente en esta teoría, y no son capaces de comprender que el movimiento evangélico latinoamericano está profundamente arraigado y que es un hecho social y cultural irreversible y peculiarmente "latinoamericano".

Nuestras Iglesias tienen rasgos de identidad absolutamente propios, con un extenso liderazgo latinoamericano, y con un culto lleno de elementos musicales, emocionales y expresiones litúrgicas, genuinamente latinoamericanos, con formas de gobierno y administración propias, sin dependencias de organizaciones extranjeras; con métodos de propagación evangelizadoras propios. Definitivamente, somos evangélicos latinoamericanos.

Lo anterior explica por qué histórica, cultural y religiosamente, la identidad evangélica se definió al principio en oposición a "lo católico". Porque nos tocó desenvolvernos en medio de una sociedad francamente hostil y en confrontación con una poderosa estructura religiosa que dominaba hegemónicamente todos los medios de producción y comunicación cultural. En esta confrontación, nos auto-comprendíamos no por "lo que éramos", como auténticos cristianos evangélicos, sino en relación con "lo que no éramos"; es decir, como "no-católicos"; o por lo que "no hacíamos"; es decir, por indicios de carácter ético negativos: no fumábamos, no íbamos al cine o a bailes, no bebíamos ron, no jugábamos cartas o loterías, no, no, no... etc, todo lo contrario a lo que hacían los católicos. Fue una etapa de ruptura radical con el medio religioso y cultural; pero fue una ruptura absolutamente comprensible y explicable desde el punto de vista de la sociología religiosa.

Esta primera dimensión negativa de nuestra identidad era resultado de nuestra conciencia de que, como cristianos centrados en la enseñanza de la Biblia, constituíamos una minoría religiosa que crecía dentro de una sociedad que, aunque se identificaba como "mayoritariamente" católica, no evidenciaba en su conducta ética o moral los signos profundos, no los superficiales de las prácticas religiosas culturales, de la fe cristiana bíblica.

Por esto, los evangélicos se han sentido empujados, casi nos hemos visto obligados, a crear una especie de "contracultura" evangélica, caracterizada por la negación y el rechazo de todo aquello que era considerado como la ética o la cultura católica, tanto personal como social. De este modo que los evangélicos afirmábamos nuestra identidad en un violento contraste con lo que creíamos eran los signos negativos distintivos visibles de la identidad católica.

A esta ruptura religiosa, social y cultural es necesario añadir una innegable influencia de un componente foráneo: la presencia de misioneros evangélicos provenientes, principalmente, de los Estados Unidos. La presencia de estos misioneros era producto del esfuerzo individual de Iglesias evangélicas que voluntariamente enviaban recursos financieros y humanos para la predicación del Evangelio.

Es imposible dejar de reconocer las señales de identidad dejadas por esta presencia, en lo teológico, en el culto, en la música, en las actitudes hacia la política y la sociedad, en la adaptación de ciertos valores del "estilo americano de vida", etc.

Sobre todo en los primeros años de la expansión del protestantismo evangélico, desde fines del siglo XIX hasta 1950 aproximadamente, la presencia y dominación de este factor foráneo era decisiva en la auto comprensión de la identidad de nuestras Iglesias, las cuales, debido a los factores socioeconómicos y de escaso crecimiento numérico, experimentaban una casi total dependencia de las agencias misioneras extranjeras.

Esta situación ha cambiado notablemente, a medida que las Iglesias Evangélicas han ido creciendo, numérica y socialmente, ascendiendo tanto en el plano educativo como en lo económico. Hoy la presencia de misioneros extranjeros en nuestras iglesias es relativamente débil, aunque todavía quedan áreas claves bajo su control, especialmente la educación teológica, actualmente en proceso de transición hacia las iglesias nacionales. Esto no está libre de conflictividad con el liderazgo criollo. Sin embargo, en términos relativos, la iglesia católica tiene muhco más presencia de misioneros y misioneras extranjeras, y no sólo de España, sino de algunos países europeos de tradición católica.

Como evangélicos no nos avergonzamos por este "factor exógeno" de nuestra identidad. Al fin y al cabo, la expansión del cristianismo en todo el mundo es "un factor exógeno". Esto incluye al catolicismo mismo, que no deja de ser un religión impuesta desde afuera. De esta imposición, precisamente se están celebrando los 500 años. Pero tal celebración se ha convertido en un bello y significativo espectáculo cultural, al menos en Venezuela. Ausente está por completo el análisis y la evaluación crítica de este acontecimiento. Todavía sigue vigente una especie de visión trinfalista de las misiones católicas, como si el cristianismo hubiera triunfado sobre el paganismo.

El catolicismo, especialmente en su versión "española", también es un factor exógeno, foráneo, y sin duda ha experimentado las mismas luchas, contradicciones y frustraciones que hemos experimentado en el protestantismo evangélico.

De hecho, históricamente, el único cristianismo realmente "autóctono" se dio en el ámbito de Palestina, pues tan pronto los cristianos traspasaron las fronteras de Israel, el cristianismo se convirtió en un "factor exógeno". Esta historia está extraordinariamente narrada en el Libro de Hechos de los Apóstoles.

Esto ha afectado profundamente la misionología cristiana, tanto la católica como la evangélica. En efecto, ambas misionologías están en crisis hoy y en procesos de búsquedas de nuevas respuestas a las necesidades de una sociedad que ya no se siente "naturalmente" identificada con el cristianismo; la llamada "sociedad post-moderna". Quizás, en este sentido, los evangélicos llevamos cierta ventaja, porque tenemos estructuras mucho más livianas y más fácilmente moldeables a la situación actual; mientras que la iglesia católica, lo sabemos, ha lucido siempre como una pesada maquinaria de lentas reacciones ante los cambios de la historia.

Desde nuestro lado evangélico, hoy sabemos mucho más sobre los movimientos misioneros que acompañaron esa primera etapa de la expansión del protestantismo evangélico en América Latina.

Sabemos que tales movimientos no procedieron directamente de las corrientes clásicas de la Reforma Protestante del siglo XVI, sino de los movimientos de renovación pietista y de "avivamientos" de las iglesias de tipo "anabautista" congragacional (el anabautismo fue la tercera corriente de la Reforma del siglo XVI, independiente de Lutero y Calvino) que, en confrontación tanto con el catolicismo como con el protestantismo luterano, se habían expandido desde Inglaterra hacia los Estados Unidos.

Por esto mismo, los proyectos misioneros evangélicos en América Latina estaban basados en acciones voluntaristas de creyentes individuales y de Iglesias independientes, y no en planes concertados de Iglesias "oficiales" o del Estado. Esta especie de "voluntarismo" marcó definitivamente nuestra eclesiología, nuestra concepción de la Iglesia como una "comunidad misionera" basada en las acciones de los fieles y de las Iglesias individualmente.

Puesto que en los Estado Unidos no existe una Iglesia "oficial", el movimiento misionero proveniente de este país es el resultante de las acciones de iglesias particulares o locales y de las acciones voluntarias de fieles dentro de tales iglesias, tanto en la provisión de misioneros como de los recursos económicos.

Por esta razón, las iglesias evangélicas (exceptuando a las Luteranas o Calvinistas) surgidas en este proceso en América Latina son todas, independientemente de sus distintivos doctrinales particulares, en el fondo "anabautistas": caracterizadas por el radicalismo en su visión de la sociedad y en su propia percepción como comunidad "minoritaria" dentro de un cuerpo social que oficialmente se declara "cristiano", pero que, no dando evidencias del modo bíblico de ser cristianos, es considerado por todos los evangélicos como "campo de misión". Creo,particularmente, que los actuales esfuerzos de la llamada "nueva evangelización" católica nos han concedido plenamente la razón. Es un tácito reconocimiento de que América Latina no es un "continente católico", como se creía ingenuamente.

El desconocimiento de este hecho, por parte de muchos misionólogos católicos e ideólogos marxistas, es lo que ha originado la teoría de la conspiración, a la que hice referencia anteriormente, y según la cual la presencia de las iglesias evangélicas en América Latina forma parte de un tenebroso plan imperialista forjado en algún centro religioso extranjero.

Esta teoría de la conspiración fue el instrumento utilizado por la Iglesia Oficial para justificar las aspiraciones hegemónicas de una Jerarquía que constantemente reclama el derecho de "mayoría" y de haber llegado primero para el mantenimiento de sus discriminatorios privilegios. Al menos, en el contexto de la mayoría de los países latinoamericanos en donde la Jerarquía católica suele jactarse de tener el 90% de la población; cosa que, en realidad, es una ilusión estadística.

La sola constatación de la existencia de tendencias y actitudes "separatistas" y excluyentes en muchas de nuestras iglesias y denominaciones evangélicas habría bastado para echar por tierra la teoría de la conspiración, con la que el Catolicismo Oficial ha intentado detener el avance de las Iglesias Evangélicas. Una conspiración exige total coherencia y unidad, y esto no es precisamente lo que nos caracteriza.

Es necesario aclarar que por actitudes excluyentes quiero referirme aquellas Iglesias Evangélicas que se ven a sí mismas como si fueran "el remanente fiel y verdadero", "los únicos y verdaderos cristianos", que se niegan incluso a aceptar a otras iglesias como "evangélicas" porque no tienen los mismos énfasis doctrinales o prácticas del culto, y por eso son incapaces de ver la importancia de dar un testimonio evangélico unido. Esto, precisamente, es lo que genera esas actitudes propiamente sectarias que caracterizan a grupos pentecostales de reciente formación, no tanto al pentecostalismo clásico, que se desprenden de las iglesias pentecostales tradicionales, como las Asambleas de Dios, las Iglesias de Dios Pentecostales, que son las más extendidas a nivel mundial.

Por eso existe una multiplicidad de iglesias que, aunque tienen las mismas tradiciones doctrinales, litúrgicas y prácticas sociales, no son capaces de conformar una expresión eclesiástica única. Este fenómeno es especialmente notable en estas iglesias evangélicas pentecostales, las cuales teniendo todas las mismas doctrinas y actitudes son incapaces de conformar una iglesia pentecostal única, diferenciándose todas entre sí solamente por ligeros matices doctrinales. Así no se forja una conspiración.

Sin restar importancia a este sello "exógeno" de nuestra identidad evangélica, es necesario señalar que desde hace muchos años se viene gestando en sectores evangélicos un fuerte movimiento de reflexión crítica, especialmente en los jóvenes teólogos formados en los grupos universitarios vinculados con la Comunidad Internacional de Estudiantes Evangélicos (CIE) y con la Fraternidad Teológica Latinoamericana (FTL).

Esta reflexión trata de examinar en profundidad lo que hemos llamado "el factor endógeno", es decir, la realidad interna, de la identidad evangélica latinoamericana. Este factor endógeno, interno, es muchas veces ignorado y completamente desconocido por los críticos católicos. Sin embargo, es el factor al cual los misionólogos católicos deberían prestar más atención y más serios estudios.

Este factor implica la necesidad de comprender muy bien cuál es el tipo o grupo de personas que han recibido el mensaje traído en principio por los misioneros extranjeros.

De acuerdo con esto, la presencia y arraigo de un "protestantismo evangélico latinoamericano" no es sólo el producto de una acción misionera venida desde fuera (teoría de la conspiración) sino también de la propia búsqueda espiritual de hombres y mujeres latinoamericanos que han concebido una forma de fe cristiana diferente al catolicismo cultural predominante en América Latina.

De esta concepción le viene al cristiano evangélico latinoamericano su insistencia en la necesidad de una conversión personal a Cristo y a su evangelio, su instintiva desconfianza en el sacramentalismo formal y ritual católico romano, su rechazo de la religiosidad popular mezclada con las manifestaciones folclóricas de la cultura y su concepción de una espiritualidad mucho más profunda y espontánea basada en la búsqueda de una experiencia de relación personal con Dios, expresada en términos de adoración y alabanza.

Esta es la realidad que conviene ser estudiada objetiva y seriamente por parte de los críticos católicos. Sin esta comprensión, nunca podrán explicar el fenomenal crecimiento evangélico en toda América Latina.

No desconozco la existencia de algunas señales negativas de nuestra identidad: un exagerado individualismo, una falta de conciencia institucional, expresada en cierta tendencia a no respetar la unidad de la Iglesia, en cierta superficialidad de una espiritualidad sin el cultivo del estudio serio y profundo de la Palabra de Dios, y en mucha incapacidad para entender y valorar la importancia de los símbolos religiosos.

Este es el momento actual en el cual se encuentra la reflexión evangélica sobre nuestra identidad. El resultado de este proceso de reflexión crítica es lo que nos podrá convertir desde una minoría con complejos de inferioridad, que vive encerrada sobre sí misma, hacia una minoría religiosa madura, abierta al diálogo con la cultura y capaz de plantear una presencia mucho más creativa de su testimonio misionero.

Sin duda, este es el reto de las actuales generaciones de teólogos evangélicos latinoamericanos.

Hoy podemos afirmar sin la menor duda que los cristianos evangélicos somos una minoría profundamente arraigada en la cultura latinoamericana y que está ubicada en la cresta de la ola de las transformaciones sociales, con un mensaje y un estilo de vida que se han ido contextualizando cada día más y cuyos alcances todavía están por desarrollarse plenamente. Todo esto nos separa radicalmente de las sectas.

Como bien sabemos, uno de los fenómenos más característicos de la actual coyuntura de América Latina es el indetenible proceso de migración hacia las ciudades, con la emergencia de una nueva sociedad en tránsito hacia el desarraigo social y cultural.

Estudios sociológicos bien serios han demostrado que el dinamismo de las iglesias evangélicas latinoamericanas se adapta mucho mejor que el Catolicismo Oficial a las transiciones sociales producidas por esta migración. La sociedad que está emergiendo ahora en América Latina tiene que ver con movimientos y los evangélicos, con su escaso sentido "institucional" y sus livianas estructuras eclesiásticas, son exactamente eso: un pueblo en movimiento.

Sin embargo, muchos críticos católicos no quieren ver esto, e insisten en acusar a los evangélicos de desarraigo cultural y de conspiración contra la identidad nacional. Por eso es bueno que se entienda de una vez por todas en qué sentido los evangélicos estmos experimentando un arraigo popular y cómo nos movemos dentro de la cultura actual.

Como parte de la campaña para crear una imagen negativa de los evangélicos, se insista en este aspecto de la teoría de la conspiración; porque la construcción de una imagen negativa se basa en un principio social que experimenta todo grupo que se siente amenazado por alguna minoría: negarle su identidad y autenticidad cultural dentro de un marco de una ideología dominante.

Los evangélicos constituyen un movimiento en franco proceso de crecimiento, tanto numérico como en su expansión cultural y social, porque las Iglesias Evangélicas están activamente presentes en todas las capas de nuestra sociedad. Actúan abiertamente, no son sociedades clandestinas o encubiertas, ni suelen usar sombrillas para ocultar sus intenciones; están en las calles, en los espacios públicos, en los estadios, en los cines, en las cárceles y hospitales, sitios en donde no suelen ir las sectas.

Por lo tanto es comprensible que los críticos católicos tiendan a presentarnos como un "peligro" para la identidad e integridad cultural latinoamericana por el sólo hecho de que hemos aceptado una versión del cristianismo diferente de la versión "oficial" que hasta ahora nos había contado la iglesia católica. En realidad, esto no es más que una expresión del miedo a perder su condición y privilegios de Iglesia del Estado.

En la acusación de que las iglesias evangélicas manifiestan un desarraigo cultural se mezclan extrañamente argumentos del análisis marxista y del catolicismo feudal hispánico.

Según este punto de vista, se acusa a los evangélicos de romper con los moldes culturales propios y de alienarse de su propia realidad, sobre todo en aquellos sectores que por su escasa educación y formación religiosa son incapaces de resistir al "proselitismo" evangélico o también de las llamadas "sectas".

Este es básicamente el meollo de la teoría de la conspiración, que he mencionado reiteradas veces, y que hunde sus raíces en el pasado colonialista hispánico, especialmente en los tiempos de la Inquisición Española en América Latina.

No tengo la menor duda de que este estereotipo ha sido el producto de una manipulación de mecanismos ideológicos, por parte de una mayoría religiosa que se siente amenazada, y también del desconocimiento tanto de la historia como de la vida interior de las comunidades evangélicas.

Sin embargo, también estoy plenamente consciente de que la reflexión sobre nuestra identidad debe pasar por el proceso de clarificación, mediante el cual es necesario distinguir entre el mensaje del evangelio y el ropaje cultural con el cual incuestionablemente siempre estará unido.

En el caso evangélico, el ropaje "anglosajón" nos vino dado por el origen de los movimientos misioneros que nos trajeron el mensaje de la reforma protestante; en el caso católico, el ropaje está constituido por la cultura y la cosmovisión del catolicismo feudal, ontocrático y medieval hispánico. En ambos caso, se impone la necesaria evaluación y autocrítica ante la herencia recibida.

Por eso, es sorprendente comprobar cómo algunos de los sectores fundamentalistas católicos coinciden, tanto con los marxistas como con los teólogos de la liberación, en utilizar, en ambientes académicos y en declaraciones públicas, variantes de la teoría de la conspiración.

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