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EL PRINCIPIO PROTESTANTE DE LA "SOLA SCRIPTURA"
Por José M. Abreu

Resumen de la ponencia presentada a la consulta sobre la Sola Escritura, El Escorial, España.

Si la Biblia es la Palabra de Dios, el libro del Pueblo de Dios, es y tiene que ser el libro de la Iglesia. Sin la Biblia la Iglesia de Cristo no puede llevar a cabo su misión. Pero es necesario reconocer que a lo largo de la historia, la Iglesia en muchos momentos ha dejado de lado la centralidad de la Palabra y ha quebrantado el principio de su soberana autoridad. Este ha sido un hecho recurrente en la historia de la Iglesia.

La Reforma protestante del siglo XVI, en su momento, enfrentó esta realidad afirmando en forma rotunda y contundente el principio de la "SOLA SCRIPTURA". Hoy, también es necesario que las Iglesias nacidas de esa preciosa herencia se mantengan alerta porque estamos frente a diversas desviaciones que dejan de lado la suprema autoridad de la Palabra.

Podemos identificar, por lo menos, los siguientes peligros que están presentes en el mundo de las Iglesias Evangélicas de hoy y que cuestionan el principio de la Sola Escritura, y que requieren ser confrontadas a la luz de nuestra herencia de la Reforma, porque, como bien lo expresó Calvino, "Iglesia Reformada, siempre reformándose".

(1). La preeminencia de la experiencia individual: Aunque este problema ya estaba presente en las iglesias del NT, caso de Corinto, hoy ha cobrado renovados impulsos con el surgimiento de líderes carismáticos que anteponen sus experiencias personales particulares a cualquier otro criterio de interpretación bíblica. Las experiencias carismáticas han sido convertidas en claves hermenéuticas para la lectura de la Biblia, promoviendo toda una fenomenología religiosa justificada no por la Palabra de Dios sino por las experiencias individuales. De ese modo han surgido nuevas formas sacramentales de ministrar la infusión del Espíritu Santo y formas nuevas de señales para determinar su presencia.

(2). El énfasis en el éxito del crecimiento numérico: el concepto de lo que es bueno o malo está siendo subordinado al éxito o no que se tenga en el crecimiento numérico o en la prosperidad material. Así, si una Iglesia crece, tiene éxito y prosperidad material es señal de que Dios está con ella, de que está siendo "bendecida". Desde esta realidad sociológica se lee la Biblia. Ya no es la Biblia la que determina si las actitudes de la Iglesia son buenas o malas, sino el éxito numérico o material. De este modo, una iglesia puede tolerar el racismo o actitudes clasistas si esto garantiza el crecimiento numérico; o puede ser indiferente ante la injusticia social y a las necesidades de sus miembros si con esto garantiza su éxito económico; de nada importa que la Palabra de Dios enseñe lo contrario.

(3). La defensa de "La Sana Doctrina": cada vez más, más cristianos evangélicos hacen alusión a "la Sana Doctrina" como una especie de "Magisterio" especial de la Denominación particular a la que se pertenezca. La "Sana Doctrina" viene a ser "la verdad" de la Denominación, entendida como la única posible y como señal de "la verdadera" Iglesia. Una cierta obsesión por "la pureza de la doctrina" ha llevado a muchas iglesias evangélicas a actitudes separatistas, farisaicas, sectarias, de falta de amor y respeto por otros cristianos. El peligro real es el "gueto doctrinal". Muchos cristianos evangélicos están siendo encerrados en los límites de sus propias denominaciones, negándoseles el derecho al diálogo con otros cristianos, y a la posibilidad de que pudiera haber interpretaciones distintas a las de su denominación particular. El impacto negativo de esta supuesta "defensa de la fe" sobre la Unidad del Pueblo de Dios ha sido escandaloso. Esta negativa al diálogo esconde un verdadero desconocimiento de la Palabra de Dios.

(4). El peligro del asistencialismo de las "buenas obras": hoy en día carece de veracidad la antigua acusación de que las iglesias evangélicas no se ocupaban de las obras sociales. De una situación de completa carencia en el pasado, hoy se ha llegado a un punto en que todas las denominaciones evangélicas se han empeñado en el trabajo social en casi todos los campos. Pero han surgido ciertos peligros. Uno de ellos es que se pretenda hacer obra social como pretexto para el proselitismo religioso. Otro es que se descuide el tratamiento integral de la persona humana y todo se quede en programas meramente asistencialistas, sin buscar la plena transformación de la persona humana y de su entorno.

(5). La consolidación de una "Tradición Evangélica": la postura de la Reforma en contra de la Tradición eclesiástica ha sido una de las banderas preferida del testimonio evangélico. Pero, hoy estamos viendo cómo en muchas denominaciones se han impuesto enseñanzas simplemente aferradas a las tradiciones originales de las denominaciones. "Tal cosa es así porque así nos las enseñaron los fundadores de nuestra denominación". Con este argumento, se han establecido prácticas distintivas denominacionales inamovibles e incuestionables. De esta forma, muchas iglesias están incapacitadas para responder a problemas actuales, urgentes y reales como el divorcio, el aborto, las injusticias sociales o la violencia, etc., por temor a los cambios de sus propias tradiciones.

(6). El problema del analfabetismo bíblico: este punto es la base de todos los anteriores. Las Iglesias evangélicas eran consideradas las Iglesias del Libro. Decir "evangélico" era sinónimo de conocimiento de la Biblia. La realidad hoy es que muchos evangélicos que asisten regularmente a las actividades litúrgicas de las iglesias manifiestan un profundo analfabetismo bíblico. Cada vez más aumenta el número personas que no llevan sus Biblias al culto, lo que era una de las señas de identidad. Si la Biblia se desconoce no se puede vivir, si no se vive no se experimenta su poder y beneficios, tampoco se comparte con otras personas.

(7). Pero a la par de este analfabetismo bíblico se ha producido un reduccionismo de la interpretación de la Biblia. La labor hermenéutica, exegética, interpretativa de la Biblia se está reduciendo a una colección de citas para responder a preguntas como estas: "¿qué dice La Biblia"?, "cítame un versículo en donde se diga tal cosa", "La Biblia dice tal o cual cosa..." , "¿dónde dice la Biblia ...", en las cuales la palabra "dice" no está referida a la enseñanza consistente y orgánica de la Biblia sino a la cadena de palabras que constituyen a un versículo determinado.

En consecuencia, lo que comunmente se tiene por conocimiento de la Biblia se reduce al mero "literalismo" de las citas o textos de prueba, muchas veces citados sin consideraciones del contexto histórico o doctrinal. Así se considera que "conocer la Biblia" es idéntico a la capacidad de citar de memoria la mayor cantidad posible de versículos, sin importar si se comprende o no el sentido, lo que importa es la "letra" de los versículos. Esta lectura "literalista" no debe confundirse con la norma hermenéutica del respeto por el sentido literal del texto bíblico, en oposición al sentido alegórico o figurado. Este "literalismo bíblico" alimenta las actitudes sectarias de las denominaciones más conservadoras y cerradas a todo diálogo con otros cristianos. Frente a estos peligros, que ya no son sólo amenazas sino realidades internas en el mundo evangélico, ¿cómo podemos ser fieles hoy a nuestra preciosa herencia reformada: SOLO CRISTO, SOLO GRACIA, SOLA FE, SOLA ESCRITURA? En lo que concierne a este trabajo, ¿cómo podemos entender hoy la SOLA ESCRITURA?

En la perspectiva reformada, la SOLA ESCRITURA se entiende como la supremacía de la Biblia como nuestra única norma de fe y práctica. Tal declaración constituye preámbulo indispensable en toda declaración de fe de cualquier iglesia evangélica, independientemente de la denominación a la que pertenezca. Pero los peligros, amenazas y realidades a los que hemos aludido brevemente nos están señalando que no es suficiente, que no basta con asentar tal declaración de principios en nuestras actas constitutivas. El actual panorama del complejo y confuso mundo del protestantismo evangélico, especialmente en nuestro continente americano, dramatiza la urgencia que tenemos de establecer los métodos para el estudio y la interpretación de la Biblia que realmente honren el postulado reformado de la SOLA ESCRITURA. Sobre todo porque, en la actualidad, existe una lamentable confusión entre el derecho que todos tenemos, como miembros del Cuerpo de Cristo, al libre acceso y examen de la Biblia, sin la intermediación de ninguna instancia superior de autoridad religiosa o de erudición, con lo que ahora se está entendiendo como la interpretación libre de la Biblia. En este contexto, libre significa sin normas hermenéuticas, sin respeto por la investigación seria, dejada al sentir caprichoso del lector o del intérprete. La Biblia tiene que ser examinada por todos, no es patrimonio exclusivo de una casta sacerdotal de eruditos y científicos, pero la Biblia exige respeto y normas que garanticen que se le haga justicia a su enseñanza consistente. Es una lamentable realidad entre muchas denominaciones evangélicas el hacer de la ignorancia una virtud, de la piedad una excusa para no estudiar la Escritura, de la temeridad una norma para establecer "nuevas doctrinas". Se invoca la SOLA ESCRITURA como una excusa para rechazar el estudio de otros libros que no sea la Biblia misma. Es cada vez más común escuchar, incluso entre pastores y líderes, expresiones como estas: "No me importa lo que digan los teólogos, lo que me importa es lo que dice la Biblia", lo que en la práctica verdadera se convierte en: "lo que me importa es lo que YO interpreto". La SOLA ESCRITURA se ha convertido en LA MIA INTERPRETACIÓN. Se pretende borrar de un solo golpe de inspiración "pneumática" todos los cimientos de la reflexión que por siglos los cristianos han realizado sobre la Palabra de Dios, para establecer, como pequeños "dioses", creando de la nada, credos, doctrinas, prácticas, como si la historia de la salvación empezara con la historia de sus denominaciones o de sus propias experiencias personales. "Tabla rasa" con el pasado, parece ser la consigna que se esgrime para justificar el nacimiento desordenado de nuevos grupos, denominaciones e iglesias.

El principio de la SOLA ESCRITURA no puede ser tomado como pretexto para negar el ejercicio hermenéutico serio y para leer la Biblia como un recetario de versículos para justificar cualquier disparate doctrinal o práctica denominacional. El derecho al libre examen de la Biblia exige la obligación al estudio serio y riguroso. La Biblia no puede descansar en la ignorancia sino en el estudio, en el saber. No debemos limitarnos a llevar la Biblia a todas las personas, sean o no educadas, sino también debemos adiestrarlas para la lectura inteligente de la Palabra de Dios, en el uso correcto de los instrumentos de Análisis.

Frente a la tendencia de algunas confesiones cristianas de limitar el acceso del pueblo al libro del Pueblo de Dios, nosotros no podemos conformarnos con entregarle a ese mismo pueblo el Texto Sagrado sin proporcionarles las herramientas indispensables para el estudio respetuoso y serio, y fiel a sus propias exigencias de rigurosidad. Jamás el libre examen puede ser tomado como excusa para ocultar la necesidad de una hermenéutica que haga honor a la seriedad del texto bíblico.

Por fortuna, es cada vez más notable esta toma de conciencia entre los cristianos evangélicos más educados bíblica y teológicamente. Los aportes hermenéuticos de hombres de altos niveles de erudición, que no sólo se han destacado en el campo de la hermenéutica bíblica sino en todas las ciencias de la lingüística moderna, como el filósofo y hermeneuta protestante Paul Ricouer, y los aportes de los teólogos evangélicos agrupados en la Fraternidad Teológica Latinoamericana, como Samuel Escobar, René C. Padilla y muchos otros, creadores del método conocido como el Círculo Hermenéutico, expuesto brevemente en estas páginas, nos llenan de optimista esperanza. Porque en la medida en que nuestro esfuerzo intelectual y espiritual sea cada vez más fiel a la preciosa herencia recibida de los reformadores del siglo XVI, irán quedando aislados aquellos movimientos deformadores y desviados del principio de la SOLA ESCRITURA.

Estos esfuerzos se orientan a la divulgación de modelos hermenéuticos comprometidos con la realidad, con la búsqueda de la verdad, absoluta e inquebrantablemente cristocéntricos, exigentes en la aplicación rigurosa de los procedimientos científicos, filológicos e históricos; atentos a los peligros de las presiones externas y de los sistemas doctrinales dogmáticos, contextualizados y, algo muy importante, orientados hacia una hermenéutica COMUNITARIA.

Sobre todo, para ser realmente fieles a la SOLA ESCRITURA, es indispensable una hermenéutica cristocéntrica, que es la perspectiva correcta y perfecta de toda la Escritura, porque ellas son las que dan testimonio de la Palabra de Dios hecha Carne, porque fe cristiana es fe en Jesucristo, que nos sale al encuentro y nos habla en la Escritura. Fe cristiana auténtica tiene que ser fe bíblica, como dijo Lutero: "Toda Escritura trata sólo de Cristo".

De particular importancia es la práctica de una hermenéutica precavida a las presiones, internas o externas, de los sistemas doctrinales dogmáticos. Es verdad que es prácticamente imposible estar libres de presiones, pero debemos ser autocríticos, no como San Juan de la Cruz cuando escribió, en su prólogo a Noche Oscura: " ... para decir algo de esta Noche oscura, no fiaré ni de experiencia ni de ciencia, porque lo uno y lo otro puede faltar y engañar... aprovecharme he para todo lo que con el favor divino hubiese de decir... de la divina Escritura, por la cual guiándonos no podremos errar, pues el que en ella habla es el Espíritu Santo". Tremenda declaración del santo poeta, pero que lamentablemente, temeroso tal vez de su propia audacia, se ve obligado a claudicar: "... no es mi intención apartarme del santo sentido y doctrina de la Santa Madre Iglesia Católica, porque, en tal caso, totalmente me sujeto y resigno no sólo a su mandato, sino a cualquiera que en mejor razón de ella juzgare". No es difícil entender al santo, porque el frío soplo de la inquisición acariciaba su fuerte y santo cuello. Pero, como evangélicos latinoamericanos, también estamos obligados a identificar los "soplos" que nos envisten con excesiva frecuencia, porque no siempre proceden del Espíritu Santo. Como una señal de verdadera identidad evangélica, fiel al fundamento apostólico, las iglesias evangélicas deben velar celosamente para que la predicación de la Palabra, central en toda verdadera tradición reformada, sea precedida por una rigurosa labor hermenéutica que se haga eco de las realidades cambiantes de nuestra América Latina, que seamos interpelados por esta realidad pero que también la examinemos críticamente a la luz de la Palabra, reconociendo que Dios es un Dios vivo que actúa en y confronta la historia.

Por esta razón, la hermenéutica tiene que ser comunitaria. Reconocemos que todo miembro del Cuerpo de Cristo tiene el derecho y la libertad de acceder personalmente a la Palabra de Dios, porque ella es "El Libro del Pueblo", y no solamente de los eruditos, de los sacerdotes o de los pastores. Cada persona tiene que ser "personalmente", valga la redundancia, interpelada por ella, y personalmente tiene que dar respuesta a esta interpelación. Pero la experiencia personal es una cosa, y el individualismo es otra cosa. La tradición reformada exige la experiencia personal con Dios, no podemos refugiarnos en la herencia cultural o familiar, no podemos decir: "Soy cristiano porque nací en un hogar, o un sociedad cristiana" (no musulmana, budista, etc). No, tampoco podemos sostenernos en la fe del carbonero, creyendo lo que creo porque lo enseña la Iglesia; no, es necesaria la experiencia personal de relación con Dios, es el mandato dado a la Iglesia para predicar el Evangelio para que cada persona sea confrontada y tome una decisión de ser o no discípulo de Jesucristo. Pero experiencia personal no es sinónimo de individualismo, porque el verdadero discipulado nunca se da fuera de la comunidad de los discípulos, es decir, la Iglesia, el Pueblo de Dios, en el cual se manifiestan las señales presentes del Reino por venir.

El mensaje bíblico es para la comunidad cristiana, para la Iglesia y solo en ella adquiere su verdadero sentido, pero este sentido se logra en el diálogo entre el Espíritu Santo y la comunidad de fe, en el culto, en la alabanza y en la adoración. Es la Palabra la que determina la agenda de la Iglesia, y no la Iglesia la que determina lo que debe o no creer o enseñar. Favorecemos el diálogo con otras confesiones cristianas, especialmente con la iglesia católica, pero este diálogo debe ser sobre la base de un reconocimiento común del pleno Señorío de Jesucristo. Jesucristo, y nadie más, sigue siendo el Señor por encima de toda autoridad eclesiástica y sobre toda Tradición o Magisterio. Sólo así la reflexión teológica y la labor hermenéutica cobran todo su sentido.

BIBLIOGRAFÍA 1. Berkhof, Luis. Principios de Interpretación Bíblica. Edit. CLIE. Barcelona.
2. Zorrilla, Hugo. Estudio e Interpretación de La Biblia. Seminario Bíblico Latinoamericano. San José Costa Rica, 1981.
3. La Sola Escritura: Consulta de la Sociedad Bíblica de España, 1996.
4. Boletín Teológico de la FTL. Enero-marzo de 1981. Páginas 1-8. México.

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